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Español #2 - Medicinas alternativas

Español #1 - Icebreaker -

Alexander Hristov


Discurso planificado


Señor toastmaster del día, miembros toastmasters e invitados.

Nací en un país donde en ocasiones, se comen a los niños (….) O al menos esa es la opinión que cierto compañero de trabajo en España le transmitió a mi padre cuando este le dijo que éramos de Bulgaria.  Lo cual, dado que aparentemente yo estaba bien vivo y tenía al menos la misma cantidad de extremidades varias que el resto de mis compañeros de juegos y la misma cantidad de dedos me hizo ver desde muy pequeño que los adultos podían creer en toda clase de tonterías, decirlas con la máxima seriedad y convicción. De alguna manera, fue mi introducción a algo que ha sido predominante en toda mi vida, que es el escepticismo y la curiosidad.

Nací pues, en Sofía, en la época en la que toda esa parte de Europa era como el Bronx americano, lleno de "hermanos" (solo que blancos, o más bien debería decir - rojos), Ukraina pagaba sus facturas y a nosotros nos llegaba el gas ruso a precio de hermano, con lo cual las gélidas temperaturas de menos quince grados en invierno se hacían más tolerables. Era raro el invierno en el que no teníamos al menos diez centímetros de nieve.

A los seis años los dioses del Olimpo , que por entonces en Bulgaria se llamaba politburó,  decidieron que mi familia era suficientemente digna como para ser enviada a cantar las glorias de nuestro sistema en España.

Llegué pues a un país donde hablaban un idioma muy raro y escribían con unas letras todavía más raras, a las que de vez en cuando hasta les ponían unas rayas raras por encima siguiendo unas reglas inescrutables. Ávido de conocer nuevas personas, desarrollé una forma de captación de amigos compatible con mi completa carencia lingüística. Era un método infalible, que necesitaba sólo de tres palabras : identificaba a un posible objetivo, me acercaba a el, le cogía del cuello y preguntaba "Amigo ¿si no?", y por supuesto no le soltaba hasta que la víctima hubiese contestado afirmativamente. Este novedoso sistema me proporcionó bastantes amigos con los que jugar a las cosas raros a las que se jugaba en ese país extraño, incluyendo la estrella "la vuelta chapista al patio".

Pero, ¡ay!, ojalá el idioma hubiese sido el único problema. Mi primera visita al comedor del colegio también fue bastante especial, por así decirlo. Acabábamos de terminar la última clase y yo tenía un hambre de caballo. Las mesas ya estaban preparadas y yo llegúe - no se cómo-  uno de los últimos, pillando un sitio cualquiera.  Estaba a punto de abalanzarme sobre lo que había servido cuando de repente oigo que suena un timbre y la gente se agacha y se pone a murmurar cosas raras - algo acerca de un padre- , mientras que yo - el único - me quedo con cara de idiota, la cuchara en la boca y sintiendo cómo se clavaban las miradas estupefactas de los profesores en mi nuca.

Mi escepticismo y curiosidad me seguía jugando malas pasadas, en especial en una asignatura que no lograba entender y en la que me hablaban de un tal Jesús, de Adán y Eva, del pecado y otra serie de cosas raras. En esa clase, no dejaba de preguntar al profesor. Harto de mis continuas preguntas y por qués, se vé que el hombre debió de levantar las manos y, sopesando la aparentemente nefasta influencia que ejercía sobre el resto de chicos que también comenzaban a hacer preguntas, decidió que mi alma estaba más allá de toda salvación y me dejó que en sus clases hiciera lo que me diera la gana menos preguntar.

También tuve que aprender a distiguir ciertas sutilezas linguísticas. Recuerdo, por ejemplo, que de vez en cuando en el colegio nos reunían en el comedor para proyectarnos películas divulgativas. Algunas de ellas eran tan interesantes que las paredes de la sala quedaban cubiertas de las marcas de los arañazos que los niños encerrados habían dejado en su desesperación por salir, por no hablar de las mesas que quedaban cubiertas de toda clase de bajorrelieves anatómicos.  Total, que en cierta ocasión el director del colegio, Don Jaime, que en paz descanse, nos reunió a todas las clases y bramó que "esto es lo que hay, y al que no le guste, que se vaya". Bueno - dije yo - a los mayores hay que hacerles caso, así que en la siguiente convocatoria tomé buena nota de su consejo y arengando a un grupito de mis "amigos si/no" , decidimos saltarnos esa actividad y dar una vuelta por el barrio, con tan mala suerte que pasamos justo por delante de la cafetería donde Don Jaime solía tomarse sus cafés. …

De todas formas fui afortunado porque estar en España me permitió descubrir mi vocación por la informática, de la mano del primer ordenador que tuve - el afamado ZX Spectrum.

Lo malo de los dioses del olimpo es que son caprichosos, y justo cuando estaba en séptimo, decidieron que ya habíamos tenido bastante influencia capitalista y que teníamos que volver a Bulgaria a seguir construyendo el comunismo.

La reincorporación a la escuela búlgara fue bastante traumática. El sistema educativo era mucho más duro, se suponía

Afortunadamente, superé el trauma y conseguí entrar en el Liceo Inglés de Sofía - un colegio donde toda la formación se impartía exclusivamente en inglés, salvo las clases de literatura y matemáticas. Mi interés por la informática, combinado con que había una enorme carencia de personas con conocimientos y desde luego con ordenadores hizo que pudiera dedicarme a programar de manera profesional incluso mucho antes de haber comenzado a

Cuando llevaba ya unos años en el liceo, el gobierno decidió conceder una serie de becas a una veintena de estudiantes para terminar la formación secundaria en institutos de EEUU. Cada instituto del pais presentó una decena de estudiantes y yo tuve la suerte de estar entre los que presentó el Liceo. En total, fuimos millar y pico de alumnos de todas partes sometidos durante dos días a toda clase de exámenes para demostrar nuestra valía - física, matemáticas, biología, química, geografía, historía. Vamos, una oposición en toda regla.  Por suerte o por mérito - ¿quién sabe? -  conseguí acabar en octavo puesto, y me las daba ya tan felices preparando mis maletas para el país de la democracia cuando me enteré que había una segunda prueba : la entrevista política.
Así que me planto yo allí a mis quince años en una de las salas de reunión del ministerio de exteriores, en una mesa de juntas que parecía interminable, rodeado de una docena de personas todas haciendo preguntas sobre lo que opinaba del comunismo, del capitalismo, de la lucha de clases y de Estados Unidos. A pesar de llevar el librito bien aprendido, se ve que debí decir algo no muy políticamente correcto, o a lo mejor mi fama les había llegado a sus oídos, el caso es que decidieron que debían enviar a alguien menos peligroso políticamente hablando.

Pero no hay mal que por bien no venga. Un año más tarde, gracias precisamente al resultado anterior, pude obtener

Cuando Gorbachev llegó al poder e inició su perestroika y el régimen búlgaro comenzó a cacarear que ellos eran más perestroichik que nadie, con mi habitual escepticismo decidió ponerlo a prueba. Me planté en la asamblea regional de las juventudes comunistas y delante de trescientos delegados y representantes del régimen solté un discurso en el que no dejaba títere con cabeza.  Después de eso, no me expulsaron de la escuela de milagro, bueno más que de milagro fue por la intervención de los profesores que me apoyaron todos sin excepción.

Volviendo a España, continué con mi doble vocación : por un lado la profesional - puramente tecnológica, y por otro lado la divulgativa. Desde entonces, me he dedicado tanto a la informática como a colaboraciones continuas con diferentes entidades con propósitos divulgativos : el Centro Nacional de Investigación y Comunicación Educativa, la Uned, la Universidad de Murcia, etc.

En cierta ocasión le preguntaron a San Agustín, "¿Qué es lo que estuvo haciendo Dios durante toda la eternidad antes de crear el Cielo y la Tierra?", a lo que San Agustín contestó "Creando el infierno para aquellos que hacen preguntas como las que me haces tú".  Así que, visto mi historial, queridos compañeros, no dejéis de visitarme allí cuando todo esto termine.

 

Discurso presentado


Señor toastmaster del día, miembros toastmasters e invitados.

Nací en un país donde en ocasiones, se comen a los niños (….) O al menos esa es la opinión que cierto compañero de trabajo en España le transmitió a mi padre cuando este le dijo que éramos de Bulgaria.  Lo cual, dado que aparentemente yo estaba bien vivo y tenía al menos la misma cantidad de extremidades varias que el resto de mis compañeros de juegos y la misma cantidad de dedos me hizo ver desde muy pequeño que los adultos podían creer en toda clase de tonterías, decirlas con la máxima seriedad y convicción. De alguna manera, fue mi introducción a algo que ha sido predominante en toda mi vida, que es el escepticismo y la curiosidad.

Nací pues, en Sofía, en la época en la que toda esa parte de Europa era como el Bronx americano, lleno de "hermanos" (solo que blancos, o más bien debería decir - rojos), Ukraina pagaba sus facturas y a nosotros nos llegaba el gas ruso a precio de hermano, con lo cual las gélidas temperaturas de menos quince grados en invierno se hacían más tolerables. Era raro el invierno en el que no teníamos al menos diez centímetros de nieve.

A los seis años los dioses del Olimpo , que por entonces en Bulgaria se llamaba politburó,  decidieron que mi familia era suficientemente digna como para ser enviada a cantar las glorias de nuestro sistema en España.

Llegué pues a un país donde hablaban un idioma muy raro y escribían con unas letras todavía más raras, a las que de vez en cuando hasta les ponían unas rayas raras por encima siguiendo unas reglas inescrutables. Ávido de conocer nuevas personas, desarrollé una forma de captación de amigos compatible con mi completa carencia lingüística. Era un método infalible, que necesitaba sólo de tres palabras : identificaba a un posible objetivo, me acercaba a el, le cogía del cuello y preguntaba "Amigo ¿si no?", y por supuesto no le soltaba hasta que la víctima hubiese contestado afirmativamente. Este novedoso sistema me proporcionó bastantes amigos con los que jugar a las cosas raros a las que se jugaba en ese país extraño, incluyendo la estrella "la vuelta chapista al patio".

Pero, ¡ay!, ojalá el idioma hubiese sido el único problema. Mi primera visita al comedor del colegio también fue bastante especial, por así decirlo. Acabábamos de terminar la última clase y yo tenía un hambre de caballo. Las mesas ya estaban preparadas y yo llegúe - no se cómo-  uno de los últimos, pillando un sitio cualquiera.  Estaba a punto de abalanzarme sobre lo que había servido cuando de repente oigo que suena un timbre y la gente se agacha y se pone a murmurar cosas raras - algo acerca de un padre- , mientras que yo - el único - me quedo con cara de idiota, la cuchara en la boca y sintiendo cómo se clavaban las miradas estupefactas de los profesores en mi nuca.

Mi escepticismo y curiosidad me seguía jugando malas pasadas, en especial en una asignatura que no lograba entender y en la que me hablaban de un tal Jesús, de Adán y Eva, del pecado y otra serie de cosas raras. En esa clase, no dejaba de preguntar al profesor. Harto de mis continuas preguntas y por qués, se vé que el hombre debió de levantar las manos y, sopesando la aparentemente nefasta influencia que ejercía sobre el resto de chicos que también comenzaban a hacer preguntas, decidió que mi alma estaba más allá de toda salvación y me dejó que en sus clases hiciera lo que me diera la gana menos preguntar.

En cierta ocasión le preguntaron a San Agustín, "¿Qué es lo que estuvo haciendo Dios durante toda la eternidad antes de crear el Cielo y la Tierra?", a lo que San Agustín contestó "Creando el infierno para aquellos que hacen preguntas como las que me haces tú".  Así que, visto mi historial, queridos compañeros, no dejéis de visitarme allí cuando todo esto termine.

 

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